Consumo colaborativo y cohousing: compartir gastos y experiencias

En estos últimos años se han ido desarrollando nuevas formas de entender el consumo, principalmente en un contexto social más amplio y colaborativo, para escapar así de concepciones más individualistas. Compartir parece el término más usado cuando se habla de soluciones de corte social relacionadas con la economía, con el ahorro, con el bienestar social, con iniciativas sostenibles y con otros tantos conceptos de interés general. En este artículo queremos explicar qué es el consumo colaborativo y cómo funciona una de sus últimas tendencias: el cohousing.

Consumo colaborativo

El consumo colaborativo consiste en compartir y reutilizar servicios y productos para ahorrar dinero, dosificar unos recursos que no son ilimitados y, por ende, ser más ecológicos y sostenibles en nuestro día a día. En esta línea son muchas las iniciativas, cada vez más, que se llevan a cabo mediante la fórmula de compartir coches, lugares de trabajo (coworking), las casas vacacionales o los huertos urbanos, entre otras posibilidades.

Opciones todas ellas que suponen un considerable ahorro económico y un compromiso medioambiental importante por un motivo u otro, y que cada vez están más y mejor coordinadas a través de plataformas digitales, que facilitan la toma de contacto de las personas o empresas interesadas en llevar a cabo este tipo de experiencias cooperativas.

Consumo colaborativo

Cohousing

Una de estas iniciativas de consumo colaborativo es el cohousing, consolidada ya en Estados Unidos y muy popular desde hace décadas en los países escandinavos donde se originó en los años 60. Una tendencia consistente, como su nombre anglosajón indica, en compartir la vivienda. Es decir, viviendas colaborativas. Espacios residenciales donde se combinan viviendas privadas y zonas comunes compartidas por un grupo de personas que colaboran conjuntamente para costearlos, mantenerlos y conservarlos, formando un grupo cohesionado por las relaciones sociales y la solidaridad.

Esta fórmula supone toda una serie de ventajas para sus usuarios, que van más allá de las estrictamente económicas. Aunque ésta sea la principal, pues el gasto de vivienda, y la hipoteca en la mayoría de los casos, suele ser la carga más importante en nuestra economía doméstica y cotidiana.

Efectivamente sale más barato compartir los espacios comunes y las zonas verdes, así como otros servicios comunales. Los gastos de agua, luz, jardinería, residuos o cualquier otro se dividen entre todos. Pero hay más. Se potencian conceptos relacionados con la conciencia social, pues no consiste únicamente en pagar o no los recursos utilizados, sino en dosificarlos desde una óptica sostenible. No gastar más si se puede gastar menos. Valores ecológicos y medioambientales que se fomentan con esta fórmula de convivencia social colaborativa, que también tiene una vertiente arquitectónica, ya que en una sola construcción (pagada también entre todos) viven más personas, por lo que se construye menos, y por lo tanto se evita un mayor consumo de territorio y de recursos hídricos y energéticos.

Colectivos más proclives al cohousing

También hay una serie de ventajas sociales que están ayudando a la proliferación de estas iniciativas cohousing, sobre todo entre ciertos colectivos que necesitan condiciones especiales para su bienestar. Por ejemplo, grupos de la tercera edad que necesitan cuidados y atenciones, hombres o mujeres viudos que se han quedado solos o personas con alguna enfermedad que les impide ser independientes 100%.

Estos colectivos se benefician de la convivencia en un entorno confortable en el que tienen asegurada su intimidad, independencia, seguridad, libertad y asistencia. Es como vivir solos sin dejar de estar acompañados. Una alternativa, por ejemplo, a las residencias para mayores.

Por lo general, otra de las características de las iniciativas cohousing es que no suelen desarrollarse en construcciones ya existentes. Son proyectos donde el grupo se forma antes de construir las viviendas, de manera que los futuros propietarios deciden de antemano el grado de convivencia e intimidad que tendrán, cómo quieren que sea el edificio, qué servicios se instalarán, si se va a reciclar la basura o cómo será el acceso a Internet. Todo se pacta antes de llevar a cabo el proyecto, se crea una especie de cooperativa de convivencia, y de este modo se diseña un futuro doméstico a la carta y consensuado por todos sus beneficiarios.

De hecho, en España la forma más común sobre la que se desarrolla el cohousing suele ser la de Cesión de Uso, recogida en la Ley 27/1999, de 16 de julio, de Cooperativas, y presentada como una forma de acceso a la vivienda y una alternativa a la propiedad y el alquiler convencional.

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