La educación financiera de niños y adolescentes

Para los que nos movemos en el mundo de las finanzas, con incursiones periódicas en el ámbito educativo, resulta evidente la carencia de fundamentos económicos en amplios sectores de la población y la consecuente necesidad de una educación financiera. Tanto es así, que numerosos autores se refieren incluso a un analfabetismo financiero generalizado, algo que en tiempos tan difíciles como los actuales no nos podemos permitir.

En efecto, el ciudadano medio se siente cada día más confuso y desamparado ante la recesión, la subida de los precios, la restricción del crédito, la crisis inmobiliaria, las quiebras, desahucios y despidos, el agotamiento del ahorro… En muchos casos, nos hallamos ante víctimas de un sistema injusto e ineficiente, pero en demasiadas ocasiones estos mismos ciudadanos han sido partícipes activos en el peligroso juego de irresponsabilidades y codicias que hemos vivido durante las últimas décadas. Estoy convencido de que unos principios financieros sólidos, bien interiorizados, hubieran ayudado a mitigar el daño y obligado a los principales actores políticos y económicos a corregir procederes insensatos.

Tales principios no nacen por generación espontánea. Gestionar nuestra economía no es una habilidad innata: debe aprenderse desde la infancia y formar parte tanto de la educación formal como informal. El coste de la ignorancia es, en este caso, muy elevado. Y puede durar toda la vida.

Por consiguiente, debemos preparar a nuestros jóvenes, ya desde niños, para gestionar sus responsabilidades financieras, proporcionándoles el conocimiento y las habilidades necesarias que aseguren una correcta transición hacia su independencia económica. No olvidemos que muchos de estos jóvenes, cada día en mayor número, tendrán que afrontar tempranamente retos y problemas económicos de adultos.

El objetivo de esta educación debe ir mucho más allá del mero manejo del dinero. Se trata de conseguir una comprensión adecuada de las relaciones existentes entre dinero, trabajo, inversiones, crédito, endeudamiento, ahorro, impuestos, etc.  Por supuesto, hay que empezar por los principios más básicos, como la diferencia entre querer, necesitar y poder que ya tratamos en entradas anteriores. Conceptos como ahorrar, gastar y compartir pueden enseñarse mediante charlas, talleres y juegos, en escuelas y hogares. Resulta fundamental que el niño comprenda (por asimilación y no imposición) que sus acciones tienen a menudo consecuencias económicas, las cuales a su vez pueden afectar su futuro a corto y largo plazo. También debe interiorizar que la economía no puede nunca desentenderse de los valores humanos.

Además, tenemos que empezar muy pronto. La publicidad y la sobreabundancia informativa de la era digital impactan continuamente sobre el niño, ejerciendo una enorme influencia en sus comportamientos económicos. Muchas de las ideas que recibe pueden ser erróneas e incluso estar intencionadamente manipuladas. Cuanto antes podamos desmontar concepciones financieras falsas y proporcionar cimientos sólidos, mucho mejor.

Poco a poco, la enseñanza financiera debe evolucionar conforme el niño madura y transita hacia la adolescencia. En esta etapa, se trata de que los  jóvenes afiancen conceptos fundamentales ya adquiridos y adquieran habilidades concretas, como la toma de decisiones económicas razonadas, la gestión del presupuesto personal y la utilización de los principales productos y servicios financieros. Hay que hacerlo, además, de manera práctica, imaginativa y motivadora, utilizando su lenguaje, herramientas y códigos de conducta. En el futuro, ello les conducirá a mejorar sus hábitos de ahorro, a gastar de manera más productiva, segura y responsable, así como a endeudarse con fundamento.

Coincidirán conmigo en que todo el tiempo que invirtamos en esta formación estará maravillosamente empleado. No olvidemos tampoco el enorme poder de nuestro propio comportamiento. Que ellos nos vean hacer las cosas bien y conforme a conciencia vale más que cualquier lección o taller que podamos ofrecerles.

Si con nuestro ejemplo les enseñamos a ser personas y a valer más como  personas, con independencia de que con ello lleguen a  tener más o menos dinero o posesiones, cuando llegue el momento sabrán cómo actuar, aunque no exista ningún código de conducta ni obligación escrita ni instrucción paterna o materna que se lo diga. Y no hay dinero en el mundo que pueda pagar eso.

Sebastián Puig Soler
Analista, escritor y conferenciante
Escribe habitualmente en su blog “Esto Va de Lentejas”
Puedes seguirlo en Twitter en @Lentejitas

 

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