Vicios ocultos y ladrones de alto standing
Las finanzas, el dinero en todas sus manifestaciones podría ser un género en sí mismo. Aunque en realidad, si un papel puede atribuírsele en el terreno de la inspiración creativa, más que el de protagonista de las tramas, es el de instigador de versátiles argumentos válidos para cualquier género. Pocas son las películas o series en las que no haya una motivación económica, más o menos relevante, que condicione la evolución del relato. Grandes tramas financieras, estafas piramidales, amores interesados, herencias envenenadas, atracos perfectos, historias de corrupción política, mapas del tesoro, bancarrotas y cracs bursátiles, lucha de clases, la crudeza de la vida en la indigencia y un interminable etcétera, cuyo enfoque puede ser romántico, cómico o aterrador, pero siempre con el dinero marcando el norte. Y ahí cabe todo, incluso una rareza como “Vicios ocultos”.
Con Jon Hamm como pilar donde sustentarse, y principal baza para fidelizar la audiencia, esta serie de Apple TV ha conseguido cierta notoriedad, o al menos no pasar inadvertida entre tanta oferta, gracias al atípico planteamiento de las actividades delictivas de los protagonistas. Y es que el ladrón alrededor del cual gira toda la trama, especializado en allanamientos de mansiones y sustracción de bienes de lujo, es millonario como sus víctimas, que además son sus vecinos y, de algún modo, amigos. Un ratero inusual que actúa con un cierto convencimiento de legitimidad moral, ya que los saqueados son personas engreídas y arrogantes que no valoran lo que tienen, y a menudo ni saben que lo tienen. Por lo cual, él que está pasando por una mala racha personal y profesional que considera injusta, se convence de que apropiarse de algunas carísimas posesiones ajenas, que sus propietarios ni siquiera echarán en falta, es poco menos que un acto de justicia social. Y poco a poco lo que era una solución desesperada, se convierte en un modus vivendi tan rentable como placentero. Y suficientemente arriesgado y controvertido como para suministrar munición a una ficción que nada entre las aguas de la intriga delictiva, el drama familiar y los alambicados relatos socioeconómicos, que aportan ese ininteligible lenguaje financiero tan común, que nadie entiende, pero que se tolera y se ha normalizado como jerga insubstancial para maquillar las tramas de exaltación capitalista.
Robar con legitimidad moral y sin altruismo
Pero no vayamos a confundirnos. Hay que aclarar una cuestión. Si “Vicios ocultos” suscita un moderado interés, es porque no se trata de una versión pija de Robin Hood. Ni mucho menos. El personaje no tiene nada de altruista. Roba para mantener su estatus social y su altísimo nivel de vida. Y además porque le va cogiendo, no sólo el tranquillo, sino también el gusto, y cuando puede resarcirse y recuperar su lucrativo trabajo de bróker, lo rechaza y opta por continuar ejerciendo el estimulante oficio recién adquirido. Y eso lo diferencia de los cansinos santurrones que emulan al arquero de Sherwood en los más variopintos entornos, y que ya no se cree nadie y aburren como trasnochado estereotipo.
Y a partir de ahí, sin grandes alardes imaginativos ni demasiada originalidad, el dinero marca el ritmo y el rumbo, y gracias a Jon Hamm, que destila un cinismo tan despreciable como extrañamente empático, la serie mantiene un aceptable nivel como entretenimiento para consumir en piloto automático, y sin más expectativas que disfrutar de esa inconfesable satisfacción de comprobar que los ricos también lloran.
