Landman o la periferia del petróleo
Dicen que se acaba. Aunque sigan matándose por él. No sé cuánto de cierto habrá en esa afirmación, y de ser cierta, cuándo ocurrirá. Pero sé que el petróleo es la fuente de riqueza y ambición que más series y películas ha inspirado y sigue inspirando. Desde “Dallas” hasta “Landman” son incontables, y renuncio a rastrear en Google para enumerarlas. Lo que sí sé es porqué. Es algo así como la heredera de aquellas aventuras de buscadores de oro en los ríos. Tiene su propia épica, estética, ética y, desde luego, y con permiso de Charlot, la misma quimera: la riqueza.
Los yacimientos petrolíferos son una fuente inagotable de historias dinásticas y de personajes megalómanos con las manos manchadas de sangre y chapapote. Y eso es lo que diferencia Landman de la mayoría de ellas. El hecho de que no se centre tanto en los magnates y sus familias como en la periferia de esa ambición desaforada, en los mandos intermedios que hacen que gire el engranaje perforador, y las clases trabajadoras que lo mantienen en marcha, y que chapotean en charcos de crudo en vez de nadar en la abundancia.
Landman se centra en un personaje hosco hasta el extremo. Arisco, zafio, insensible e insociable. Pero resolutivo. Un profesional sin escrúpulos ni líneas rojas. Un tejano curtido, divorciado y alcohólico, carente de empatía ni tiempo para explorarla. Algo así como un capataz, jefe de operaciones sobre el terreno, conseguidor y desatascador; en términos tarantinianos, el Señor Lobo que todo imperio debe tener en su lado oscuro. Y ese es Billy Bob Thornton. El prototipo de persona a la que uno no quisiera conocer, y mucho menos padecer, pero que hace que una historia merezca ser contada.
Cotidianeidad petrolera
Y a su alrededor orbita el imperio petrolífero de Texas, del cual se nos muestra con especial crudeza y rotundidad la cotidianeidad obrera. Inevitablemente contrapuesta a los fastos del extremo opuesto, pero sin incidir especialmente en el abismal contraste. Y ahí reside su interés. Al menos el de la primera temporada. En visibilizar la rutina, la existencia descarnada de quienes viven a la sombra de las perforadoras, pero cuyo esfuerzo garantiza los réditos de esas descomunales multinacionales capaces de amenazar el clima, rediseñar el mapa geopolítico o perturbar la economía mundial.
Un enfoque curioso, por cierto, y que podría parecer contradictorio, pues dicho lo dicho podría parecer que estamos ante una serie de corte social y pretensiones críticas. Un producto comprometido con el medio ambiente y diseñado para denunciar y desacreditar el negocio petrolífero. Pero nada más lejos de la realidad. Más bien al contrario, el discurso de Landman, expuesto con vehemencia en más de una secuencia, pone en duda las alternativas energéticas de las renovables. A las cuales, dicho sea de paso, les afea su hipocresía responsabilizándolas de tantas agresiones medioambientales como ellas atribuyen a la industria del crudo. Y ahí queda el debate sobre la mesa, o la pantalla, para que cada uno lo ingiera y digiera según sus convicciones.
En cuanto a producto televisivo, de indudable calidad formal, y por aquello de establecer comparaciones que permitan al telespectador ubicarlo en el espectro genérico de las ficciones seriadas, podría decirse que, aunque en entornos naturales y financieros del todo diferentes, el enfoque nos puede recordar al de “Yellowstone” cuando las tramas se centran en la vida de los vaqueros, y de algún modo retrata un parte de esa América profunda, rural, genuina, que tan poco conocemos por estas latitudes. Esa que solo visitamos a través de las pantallas de la ficción, y siempre con la duda del grado de veracidad de la propuesta.
Landman: un negocio crudo, donde también trabajan Demi Moore, Jon Hamm y Andy García, entre otros, puede verse en Prime Video.
Javier Matesanz
