La propina: satisfacción u obligación

No siempre es fácil dar propina. Cuando recibimos un servicio, este puede resultar satisfactorio o no. Pero sea cual sea la situación, ¿es obligatoria la propina? ¿Puede resultar ofensiva, soberbia?  ¿Sonar a limosna? ¿Cuánta propina debo dejar? ¿A quién, al camarero o al establecimiento? ¿Siempre en efectivo o puedo incluirla en un pago con tarjeta?  ¿Se aceptan en todos los sectores profesionales o solo en algunos? ¿En todos los países funciona igual? Evidentemente no hay una sola respuesta. Pero intentaremos hacer un repaso genérico al apasionante mundo de la propina y tal vez podamos aclarar algunas cosas.

Para empezar, resulta bastante significativo que el origen de la propina sea el término latino “propinare”, que significa “dar de beber”. Y ¿cómo negarle el agua al sediento? Pero tampoco nos pongamos dogmáticos, porque el tema es algo más flexible. De hecho, las normas que rigen la casuística de la propina prácticamente varían de un país a otro y, a menudo, de una ciudad a otra.

Por países, los hay donde no solo no es costumbre, sino que la propina está mal vista. Es el caso de Japón, China, Singapur o, sorprendentemente, Paraguay. En cambio, en otros lugares como los Estados Unidos o Canadá la propina es prácticamente obligatoria – a veces incluso van incluidas en la cuenta-, ya que las propinas sirven para completar los sueldos de los trabajadores.

La propina: Satisfacción u obligación

Hay términos medios, por supuesto, como el caso de Reino Unido, Cuba o México, donde es voluntaria pero todo el mundo la espera, por lo que es conveniente ser generoso para evitar malas caras; o aquellos países donde es costumbre y por lo general se deja siempre que el servicio es satisfactorio. No dejarlo viene a ser sinónimo de queja por parte del cliente o un síntoma inequívoco de su racanería. En este grupo se encuentra España, así como buena parte de los países europeos (Alemania, Francia, Hungría, Rumanía, Austria, Suecia, etc), y también muchos estados sudamericanos (Argentina, Chile, Uruguay, Brasil).

En cuanto a los porcentajes apropiados también hay diferentes posibilidades. El redondeo es una de ellas, siempre y cuando la cantidad redondeada sea estimable y no se cifre en céntimos, por ejemplo. Así, es más aconsejable calcular las propinas en porcentajes respecto al total de la cuenta. Los más adecuados suelen ser de entre el 10 y el 20% del montante de la factura. Una cantidad que suele dejarse en efectivo, aunque cabe la posibilidad, cuando no se dispone de dinero en metálico suficiente, se incluirla en un pago con tarjeta. Para ello conviene señalar a bolígrafo en la propia cuenta la cantidad que queremos añadir como propina y hacérselo notar al camarero para que cobre el extra.

En los casos en que el servicio no sea satisfactorio puede darse una situación controvertida, ya que las propinas suelen ir a un fondo común a repartir entre todos los empleados a partes iguales, de modo que negar la propina a un mal servicio individualizado, puede perjudicar a “justos por pecadores”. Aun así, lógicamente, la última palabra será del cliente. En los países en que la propina es obligatoria no hay discusión posible. No volver es la única solución.

Aunque parezca extraño es importante la forma de dejar la propina. Si se deja por inercia y con un agradecimiento generalizado a todo el servicio, ésta puede dejarse sin más en la mesa. Pero si lo que se pretende es hacer notar una satisfacción personalizada a un profesional en concreto, se le puede entregar en mano y siempre con gesto amable y cortés. Nunca con aire de superioridad o displicencia, para que no parezca una limosna.

Obviamente, y aunque la más habitual es la propina en hostelería y restauración, son muchos los servicios susceptibles de recibirla. El taxi, el servicio a domicilio, peluquería, aparcacoches, etc. Imposible concretar las cantidades o porcentajes de cada caso. Entre otras cosas porque no hay ninguna tabla oficial que las fije. Pero tal y como antes apuntábamos, entre el 10 y el 20% suele ser lo más habitual y ampliamente aceptado. Y si no hay una cuenta o recibo de por medio, las monedas sueltas suelen ser el recurso más socorrido.

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