«El mayor peligro no es la inteligencia artificial, sino la falta de liderazgo humano sobre ella»
Àurea Rodríguez es escritora, divulgadora tecnológica y una de las voces más relevantes en estrategia de innovación en España. Con más de 20 años de experiencia en el sector, ha ocupado puestos de responsabilidad en organizaciones como ACCIÓ (Agencia para la Competitividad de la Empresa) y Eurecat (Centro Tecnológico de Cataluña). Actualmente es directora South West del EIT Culture & Creativity, la iniciativa europea de innovación en sectores culturales y creativos. Especializada en el impacto de las tecnologías emergentes, Rodríguez es autora de varios libros que combinan rigor, visión humanista y un enfoque accesible. Tras éxitos como «Antes muerta que analógica» y «Antes muerta que sin IA», acaba de publicar «El liderazgo de las hormigas: una revolución necesaria en la era de la Oligarqu-IA» (Tibidabo Ediciones, 2025).

Se cumplen tres décadas de aquella seductora declaración de Barlow identificando internet y las tecnologías como el gran fenómeno liberador de las personas frente al poder. Sin embargo, hoy son muchos los que alertan sobre el gulag digital o el panóptico tecnológico y advierten de una deriva peligrosa, que linda con un nuevo tipo de control neofeudal. ¿Hasta qué punto nos encontramos en una encrucijada y el fenómeno de internet, que en otro tiempo pareció luminoso para las libertades, puede tornarse en una distopia de control?
Estamos en una encrucijada, sí, pero me gusta verla como una encrucijada fértil. Internet ha sido una de las grandes infraestructuras de libertad, conocimiento y creación de las últimas décadas. Ha permitido que una persona, una pyme o un autónomo puedan aprender, vender, colaborar y comunicarse con una capacidad que antes solo tenían las grandes organizaciones. Ahora bien, toda tecnología poderosa necesita una nueva madurez social. La cuestión no es si internet o la inteligencia artificial son buenas o malas, sino cómo las gobernamos, cómo las usamos y al servicio de qué propósito las ponemos.
Yo soy optimista, pero no ingenua. Creo que estamos a tiempo de orientar esta revolución hacia más autonomía, más oportunidades y más inteligencia colectiva. Para eso necesitamos liderazgo: no un liderazgo basado en el miedo a la tecnología, sino en la responsabilidad, la educación y la capacidad de decidir cómo queremos que sea nuestro futuro digital.
En el libro hablas de la «era de la Oligarqu-IA». ¿Cómo definirías este concepto?
La Oligarqu-IA es una forma de llamar la atención sobre un riesgo muy concreto: que la inteligencia artificial, los datos y las grandes infraestructuras digitales queden concentradas en muy pocas manos. No lo planteo desde el rechazo a la tecnología, sino desde la llamada de atención a su enorme potencial. La inteligencia artificial puede ayudarnos a curar mejor, educar mejor, gestionar mejor una empresa, crear nuevos servicios y liberar tiempo para tareas de más valor. Pero para que eso ocurra, no puede ser una caja negra controlada solo por unos pocos actores globales.
El mayor peligro no es la IA, sino la falta de liderazgo humano sobre la misma. Si dejamos que avance únicamente por incentivos de concentración, dependencia o captura de datos, perderemos una oportunidad histórica. Pero si la orientamos con ética, visión empresarial, regulación inteligente y cultura tecnológica, puede ser una herramienta extraordinaria de progreso.
Las hormigas son poderosas en colectivo, pero también vulnerables. ¿Qué vulnerabilidades tiene el «liderazgo de las hormigas»?
El liderazgo de las hormigas parte de una idea muy positiva: una comunidad bien conectada puede resolver problemas que ningún individuo podría resolver solo. Pero, como todo modelo vivo, también tiene vulnerabilidades. La primera es la falta de propósito compartido. Si cada persona va por su lado, la inteligencia colectiva se convierte en ruido. La segunda es la falta de confianza: sin confianza no hay cooperación real. Y la tercera es la ausencia de coordinación. Lo distribuido no significa desordenado; significa organizado de otra manera.
Por eso el liderazgo de las hormigas necesita método, comunicación, transparencia y valores comunes. No basta con decir «colaboremos o lideremos». Hay que crear las condiciones para que colaborar sea fácil, útil y reconocido. Ese es uno de los grandes retos del liderazgo actual.
¿Es posible desarrollar una tecnología verdaderamente humanista en un entorno dominado por incentivos económicos tan fuertes?
Es imprescindible. La tecnología humanista no está reñida con la competitividad; al contrario, será una de las claves de la competitividad del futuro. Las empresas que sepan usar la IA y las tecnologías emergentes para mejorar la vida de sus clientes, de sus equipos y de la sociedad serán más sostenibles y más relevantes.
A veces se presenta la ética como un freno, y yo creo que es una ventaja estratégica. Una tecnología confiable genera mejores relaciones, mejores productos y mejores decisiones. La confianza también es economía. No soy inocente por eso llamo a la acción a las hormigas, que son la pymes, los ciudadanos del mundo porque juntos somos más fuertes que cualquier oligarca (de momento).
¿En qué se diferencia el liderazgo de las hormigas del liderazgo tradicional?
El liderazgo tradicional se ha asociado muchas veces a la figura de una persona que dirige desde arriba, concentra la información y toma las grandes decisiones. Ese modelo ha funcionado en determinados contextos, pero hoy vivimos en un mundo demasiado complejo, rápido e interdependiente para depender solo de liderazgos verticales. El liderazgo de las hormigas es más distribuido, más colaborativo y más adaptativo. El acceso a los datos, democratiza por eso no podemos permitir que sea pronto pago. No elimina la responsabilidad; la reparte mejor. No significa que nadie lidere, sino que muchas personas pueden activar liderazgo desde su lugar.
Para mí, el buen líder del siglo XXI no es quien tiene todas las respuestas, sino quien sabe formular buenas preguntas, conectar talento, generar confianza y crear las condiciones para que otros también lideren. Es un liderazgo menos egocéntrico y más ecosistémico.
¿Alguna experiencia profesional te hizo ver esa diferencia entre liderazgo hormiga y liderazgo jerárquico?
Sí, especialmente trabajando en innovación. He aprendido que la competitividad de un territorio no depende de una sola institución, sino de la calidad de las conexiones entre empresas, centros tecnológicos, universidades, administración y emprendedores. Cuando esos mundos colaboran, aparecen soluciones que ninguna parte habría creado sola. En el EIT esa lógica era todavía más evidente, porque trabajamos en red europea. Un ecosistema de innovación funciona como una colonia inteligente: cada nodo aporta algo, pero el verdadero valor aparece cuando todos están conectados por una misión compartida.
¿Cómo encaja tu propuesta con DAOs, cooperativismo de plataforma o federalismo digital?
Encaja muy bien porque todos esos modelos buscan algo parecido: distribuir mejor el poder y crear formas de organización más participativas en la era digital. Las DAOs (Decentralized Autonomous Organization) exploran nuevas gobernanzas, el cooperativismo de plataforma propone modelos económicos más justos y el federalismo digital defiende una red menos dependiente de grandes centros de control. Mi editor me pidió que a parte de una historia de valores, resolviera el problema tecnológico y mi propuesta del liderazgo de las hormigas dialoga con todos ellos, pero pone el acento en la cultura de liderazgo. La tecnología puede ayudar a descentralizar, pero no garantiza por sí sola una mejor gobernanza. Podemos tener herramientas muy modernas y mentalidades muy antiguas. Por eso insisto en que el cambio no es solo tecnológico, sino cultural. Necesitamos aprender a cooperar mejor, a tomar decisiones compartidas, a crear confianza y a pensar en términos de ecosistema. La tecnología es la herramienta; el liderazgo es la dirección.
¿Qué tres hábitos recomendarías para empezar a ejercer un «liderazgo hormiga»?
El primero es compartir conocimiento. En un mundo donde el conocimiento cambia tan deprisa, guardarse lo que uno sabe para mantener poder es una estrategia decadente. Enseñar, documentar, explicar y ayudar a otros a crecer fortalece a todo el entorno.
El segundo es conectar personas. Muchas oportunidades, y en especial innovadoras, nacen de una conversación, una recomendación o una colaboración inesperada. El liderazgo hormiga consiste también en actuar como puente entre talentos, necesidades y proyectos.
El tercero es adoptar tecnología con criterio positivo. No se trata de usar IA por moda ni de rechazarla por miedo, sino de experimentar, aprender y aplicarla donde aporte valor real. Una pyme, un autónomo o un profesional pueden empezar por automatizar tareas repetitivas, mejorar su comunicación, analizar mejor sus datos o crear nuevos servicios. La clave es que la tecnología trabaje para las personas, no al revés.
Mirando al futuro, ¿qué escenario te genera más esperanza?
Me genera esperanza un futuro donde la tecnología esté más distribuida, más humanizada y más conectada con las necesidades reales de las personas. No creo en un futuro anti-tecnológico; creo en un futuro mejor liderado tecnológicamente. Los grandes actores tecnológicos van a seguir existiendo y pueden aportar mucho. El reto es que no sean los únicos que definan el rumbo. Necesitamos también pymes innovadoras, ciudadanía formada, instituciones valientes, universidades abiertas, centros tecnológicos fuertes y profesionales capaces de usar la IA con criterio.
Para inclinar la balanza tenemos que hacer tres cosas desde ahora: educarnos tecnológicamente, colaborar más entre sectores y ejercer liderazgo desde cada posición. No hace falta esperar a tener un gran cargo para liderar. El liderazgo se ejerce, no se ocupa en el organigrama. Cada pequeña acción conectada con otras puede transformar el sistema.
