«Fyre», el documental sobre la estafa del peor festival de la historia
No hay fuente de inspiración más caudalosa que el fraude. El dinero conseguido a las malas, dicho con otras palabras. El sexo, tal vez. Aunque a menudo acaba estableciendo vínculos determinantes con el anterior para articular las tramas de tantos y tantos títulos dedicados al tema. Ya sea para entretener, denunciar o simplemente dejar constancia de lo muy cafres que pueden llegar a ser algunos de nuestros congéneres cuando se dejan arrastrar por la ambición o la pasión. Y lo hacen además sin activar el sentido común, ni atender a los mínimos de honestidad exigidos por la ley. Y un magnífico ejemplo, a la vez que increíble pese a su condición de historia verídica, el documental “Fyre”. El relato real y documentado de la estafa millonaria del peor festival de la historia.
El documental de Netflix es fascinante. De esos que uno no puede creerse que sea cierto. Pero cómo no iba a serlo, si la propia idiosincrasia del fraude era la deslumbrante y megalómana fachada audiovisual del proyecto, levantada sobre la nada. O en todo caso, sobre el endeble desvarío, a la postre quimera, de dos emprendedores, tan ambiciosos como narcisistas, que poseídos por sus egos triunfalistas documentaron minuto a minuto la debacle. Lo grabaron absolutamente todo. A sí mismos, por supuesto, pero también al resto de personas que implicaban en su delirio. Tanto en reuniones como en conversaciones privadas. En la oficina o en el bar. Desfasando y hasta durmiendo la mona en la playa. Imágenes todas ellas que acababan circulando por las redes. El sueño de cualquier documentalista.
El efecto de la campaña promocional, a través de redes y plataformas de internet, fue grandioso. Una estrategia de márquetin brillante, pero absolutamente prematura e imprudente, pues no tenían nada confirmado ni contratado. Y ahí empieza la crónica de un desastre anunciado. Embriagados por el éxito aparente que la descomunal repercusión internacional parecía augurar, Billy McFarland y Ja Rule se vinieron arriba, creyéndose capaces de todo sin estar seguros de nada.
Así empezaron a cimentar su proyecto a base de impulsos festeros, improvisaciones caprichosas y una megalomanía descarriada que no auguraba nada bueno. Pero como gancho comercial cada ocurrencia era más efectiva que la anterior. Hasta la localización del festival, que se anunciaba en la isla de Pablo Escobar en Bahamas. Y todo porque sobrevolando las islas en avioneta vieron una pista de aterrizaje abandonada, tomaron tierra y en pleno colocón decidieron que no había lugar mejor. La isla de Pablo Escobar, nada menos. La cosa se les iba de las manos, era evidente.
Pero la expectación crecía exponencialmente. Y las apariencias, cuando se trata de lujo, glamour y famoseo, son el mejor aliciente de venta. Se apuntaron al carro una decena de top models, que no sabían a donde iban pero querían ir. Y se convirtieron en imagen de marca. Algunos artistas se interesaron por estar en el festival del que todo el mundo hablaba. Y hasta varios patrocinadores de “Coachella” se plantearon retirarse de este festival para invertir en ese del que todos hablaban, el “Fyre”. Y sus impulsores, con resaca o cegados de ambición, a lo suyo. Haciendo de la imprudencia su estrategia. Así que sacaron a la venta las entradas. A precios astronómicos. Anunciando traslados en jets privados o yates de lujo. Y por supuesto se agotaron en pocas horas. Unas codiciadas entradas para acceder a la… nada. Literalmente.
Y claro, tras muchas vicisitudes y artimañas desesperadas, huidas hacia delante e ideas descabelladas, llegó la fecha del evento. Del acontecimiento. Y los “afortunados” poseedores de una entrada fueron llegando a la isla, al festival más exclusivo de la historia, al “Fyre”. Y ya no contaremos mucho más, porque se trata de animarles a que vean este interesante documental sobre un despropósito, que tanto fue una estafa como un sueño mal soñado que devino pesadilla. Cuyas consecuencias, por cierto, también merecen la pena ser vistas. Búsquenlo. Lo encontrarán en Netflix.
Vale la pena ver “Fyre”, que además del interés de su descacharrante contenido argumental, está muy bien estructurado y narrado por Chris Smith, que comparte nuestro asombro, incredulidad a ratos, y no puede evitar verter ciertas dosis de ironía cáustica en la narrativa de algunos pasajes. Aun sin faltar a la verdad, pero condimentando con humor satírico la exposición de los hechos.
Y si les gusta “Fyre”, o son de aquellos espectadores a quienes el morbo les motiva, después pueden animarse con “El rey de Zanzíbar”. Otro documental que también comentamos tiempo atrás en esta sección, y que no le va a la zaga al que hoy nos ocupa.
Javier Matesanz
