Wall Street, el principio y el final de la debacle

Wall Street fue un magnífico ejemplo de oportunidad en tiempos de oportunismo; y es que Oliver Stone, a quien nadie puede negarle un extraordinario e irregular talento y un afinado olfato comercial – intermitente, bien es cierto, en una trayectoria llena de altibajos cualitativos y económicos -, consiguió por dos veces estar en el lugar indicado con el discurso adecuado, y además en el momento apropiado. Justo antes de que la evidencia de la realidad no solo le diera la razón, sino que lo convirtiera casi en un visionario socioeconómico cuya profética atalaya se situaba en el epicentro de Hollywood. Y así, encumbrado como un francotirador del séptimo arte, nos presentó primero, a finales de los ochenta, en plena burbuja financiera, a los “popes” de la Meca capitalista, inventores del sistema financiero globalizado que regía – y rige- el mundo desde la Bolsa, e ídolos de cualquier ambición megalómana. Lo hizo cuando estaban de moda, y ser broker o yuppie era sinónimo de triunfador. Convirtió la película en referente de éxito social y modelo a seguir dentro del sistema. Y después, en 2010, a las puertas de la debacle, nos anticipó quienes eran los culpables de lo que estaba por venir, de la gran depresión que se avecinaba, y de la que ellos serían sus propias víctimas, aunque nos arrastrarían a todos por los sumideros de la gran crisis. Y así cerraba el círculo de un díptico clarividente, que fue capaz de augurar por dos veces lo que nos depararía el exceso de Wall Street. Advirtió donde acabarían aquellos que se creían inmunes en la cima del mundo (Gordon Gekko, el escarizado Michael Douglas, daba con sus huesos en la cárcel); y también que “el dinero nunca duerme” (subtítulo del segundo film). De modo que, aunque ahora demonicemos a quienes hicieron estallar en mil pedazos el sistema, las generaciones venideras y de idéntica calaña que las anteriores resurgirán de las mismas cenizas, y recuperarán una economía que someterá y aplastará a los mismos en beneficio de trasuntos jóvenes de quienes lo hicieron antes de la hecatombe, por lo que inevitable y dramáticamente la historia se repetirá.

Por cierto, hablando solo de cine, la primera fue un gran film, solvente, intenso y contundente; mientras que el segundo se acerca peligrosamente a los terrenos del culebrón melodramático con moraleja sentimental, y no será recordado por sus méritos fílmicos sino por ser el reverso socioeconómico de este thriller financiero que hizo historia y se convirtió en verdad.

Wall Street (1987). Director: Oliver Stone. Intérpretes: Michael Douglas, Martin Sheen y Martin Sheen.

Wall Street: el dinero nunca duerme (2010). Director: Oliver Stone. Intérpretes: Shia LaBeouf, Michael Douglas, Carey Mulligan, Josh Brolin, Frank Langella y Susan Sarandon.

 

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