Memoria de videoclub 4: “El capital” (Constantin Costa- Gavras, 2012)

Después de más de 50 años tras las cámaras, el cineasta de origen griego Constantin Costa-Gavras sigue siendo un francotirador insumiso en materia sociopolítica, un militante del inconformismo y la denuncia, el azote de la globalidad, del imperialismo económico, del totalitarismo ideológico, del fanatismo religioso, del… de todo aquello, en suma, que sea susceptible de ser cuestionado, analizado y valorado desde la creatividad de la ficción realista y, pese a su inevitable condición subjetiva, desde una postura siempre ponderada, documentada y razonada. Lejos del efectismo formal o el exhibicionismo demagógico. Aunque sus detractores, que no son pocos, como siempre ocurre cuando se trata de un creador militante y comprometido, lo han tildado siempre de partidista y, según el caso, de panfletario.

capital

Pero la cuestión es que Gavras tiene en su haber títulos imprescindibles como Desaparecido, Z, El sendero de la traición, La caja de música o Amen, entre otros, y a menudo bajo bandera francesa, como es el caso de El capital. Un film de título indisimuladamente marxiano y, de algún modo un tema (el de las grandes corporaciones financieras y aquellos que manejan los hilos de los fondos nacionales e internacionales), que tarde o temprano tenía que pasar a formar parte del repertorio analítico y crítico del realizador.

El capital, que adapta la novela homónima de Stéphane Osmont, sigue la ascensión y más que previsible caída desde lo más alto de un empleado de banca que, en plena crisis mundial del sector financiero, juega sus cartas y aprovecha algunas circunstancias casuales (“un sicario del dinero”, según definición del propio Gavras), para acceder a la presidencia de una gran corporación bancaria. Para mantenerse y dar rienda suelta a su ambición, no dudará en utilizar malas artes del capitalismo más voraz, donde el fin económico justifica cualquier medio para conseguirlo. Una ficción que de algún modo reúne y resume lo peor de este sistema que, en su desmesura, ha arrastrado la economía mundial a una situación muy complicada. Vista así, El capital, aunque es algo obvia y a ratos un tanto demagógica en su discurso, es casi un manual de malas praxis financieras y de pecados capitales de la ética y la moral aplicadas a la economía.

Puede estarse de acuerdo o no con el discurso y el enfoque del director en sus películas, pero lo que es seguro es que nunca dejan indiferente y estimulan el debate más allá de la proyección. Más que suficiente para recomendarlas.

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