Perdiendo el norte, retrato paródico de la generación perdida

Película sobre la generación perdida en tiempos de crisisHay un tipo de comedia fácil – que no debe ser tan fácil, porque son muchas las que lo intentan y pocas las que funcionan- que consiste en localizar y acumular clichés y lugares comunes de una cultura, un pueblo, un perfil o un conflicto concreto, y explotar los tópicos hasta el límite del absurdo por la vía de la parodia. Exprimen la fuente de inspiración hasta llevar la base real al plano de la más distorsionada caricatura cómica, que a menudo prefiere el trazo grueso, el brochazo jocoso, al detalle o la sutileza humorística; lo cual, por cierto, está demostrado que resulta mucho más eficaz en el arte de provocar carcajadas y amasar fortunas. Ahí están los Ocho apellidos vascos o la saga de Torrente para demostrarlo. Y a ver quién les discute la fórmula o les cuestiona la apuesta creativa/empresarial mirando el informe de recaudaciones, pues acaban siendo ellos los que sustentan la industria del cine español. Y Perdiendo el norte es el último ejemplo, con la crisis en el punto de mira y como pilar argumental de la broma. Una de esas gamberradas cachondas e irreverentes, chistosas y poco exigentes en sus planteamientos narrativos, pero descarada y con las ideas muy claras – sobretodo sabe bien a qué público se dirige, más televisivo que cinematográfico-,  que acaba por pergeñar un certero retrato, de esos que hacen reír por no llorar, de la generación perdida por culpa de la depresión económica de los últimos años. Esa misma que, sobradamente preparada, ya se ha hecho a la idea de que se ha invertido la progresión, la dinámica social, y lo va a pasar peor que sus padres, volviendo los ojos hacia la inmigración que marcó el presente pasado de sus abuelos. Las batallitas de postguerra recuperan la vigencia como una auténtica amenaza existencial. Y ahí está José Sacristán, siempre enorme, para recordárnoslo, como un envejecido, gruñón y puñetero Pepito Grillo en el exilio. Y lo cierto es que, con todos los reparos que queramos ponerle y las muchas limitaciones que ni quieren ni pueden evitar con estos planteamientos, la película funciona como entretenimiento tontorrón, pero no exento de una sana mala lecha crítica y lastimera, de esas tan españolas del ni contigo ni sin ti. ¡Qué a mi España y a su refranero solo la critico yo! ¡El resto, que además es extranjero, ni mentarla!

Con todo, la cinta es irregular. Algunos momentos se pasan de frenada escatológica o extreman el estereotipo y sonrojan en vez de divertir. Y el final está tan, tan visto, que no sorprende y solo satisfará a los adictos al sweet happy end inmunes al empacho. Pero los bajones los compensan esos momentos de comedia seria, nostálgica, algo más comprometida con la realidad social, que enternecen o incluso conmueven, y logran la complicidad del espectador entre sonrisas y un nudo en la garganta. Otra vez Sacristán obra el milagro. Aunque el director Nacho G. Velilla ya demostró saber hacerlo en Que se mueran los feos (2010), que no estaba nada mal.

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