La economía en el cine… «La gran apuesta»

La gran apuesta poster pTodo cansa. Cualquier fuente de inspiración acaba por agotarse, y hay que saber cuándo parar. Esa es la sensación que empieza a dar la crisis como tema para hacer películas,  ya sean documentales o ficciones. La actualidad es siempre un referente, pero el exceso de uso genera abuso y reiteración, y lo que era interesante acaba por saturar. Habrá tiempo para volver, y seguir hablando de esta larga y costosa depresión, pero dejemos que sea la perspectiva del tiempo la que permita abordarla desde otras ópticas que renueven los discursos sobre aquello que de ella pueda derivarse. En estos momentos ya todo suena a repetido. A lamento regurgitado, a denuncia trasnochada o a proyecto oportunista de último vagón. O lo que es lo mismo, a La gran apuesta. Una superproducción  a la cual probablemente, de no tener un reparto estelar como el que tiene, no le estaríamos dedicando estas líneas, y desde luego no hubiera acaparado candidaturas al Oscar con su inmerecida etiqueta de película definitiva sobre la crisis económica. Y es que todo lo que se dice, con idéntica y engorrosa palabrería financiera y, si me apuran, con un sentido del ritmo y de la síntesis divulgativa muy superior, ya lo habían dicho antes y mejor la formidable Margin call en 2011 (J.C. Chandor) o el demoledor documental Inside Job en 2010 (Charles Ferguson), por elegir solo dos títulos de referencia de entre docenas de ellos, que combinados casi resultarían una versión mejorada de esta La gran apuesta de Adam McKay. Y seguramente más convincente y entretenida, porque el principal problema del film que nos ocupa es que en su afán por explicarnos los complejos entresijos financieros que inflaron la dichosa burbuja inmobiliaria, la misma que acabó por explotarnos a todos  en los morros, se hace muy aburrida. Casi tediosa, por mucho que Ryan Gosling se esfuerce en perfilar con gracia a un cínico y enrollado bróker o Christian Bale a un friki de Wall Street, a la vez superdotado y discapacitado. Ni siquiera basta el empeño de Steve Carrell, el mejor de la función. El más convincente, creíble y empático con el espectador, a pesar de su nada atractiva personalidad. Un actor que desde hace un par de años pide a gritos un reconocimiento dramático para dejar atrás el sambenito de simpaticón de comedia boba.

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