Crítica de Hablar; la voz de la indignación

Film denuncia sociopolítica

El siguiente artículo es una crítica de Hablar. Una película que es tanto un desafío como un capricho. Y no solo de su director y guionista, Joaquín Oristrell, quien ya filmó en la misma línea la inflamada Los abajo firmantes (2003), sino también de su comprometido y kilométrico reparto de intérpretes, la mayoría de ellos de conocida y reconocida militancia sociopolítica de izquierdas.

Y entre ellos gestaron y desarrollaron – porque además le sobraban los motivos (también participaron la mayoría en Hay motivo el 2004, y es que Aznar dio mucho juego) – esta soflama indignada y antisistema, que aprovecha la fórmula para trocear los contenidos y dividir el film en píldoras dialécticas de vocación crítica, que permiten denunciar la práctica totalidad de los actuales males de nuestra sociedad. Hay balas para todos y, aunque con irregular impacto y eficacia, todas ellas muy bien defendidas por un elenco impecable que lo borda incluso en los límites del exceso y la sátira más mordaz (Peris-Mencheta arriesga y acierta). Y así afrontan temas como la explotación y abusos que padecen los colectivos inmigrantes, la televisión basura, la corrupción política y de las clases pudientes, las páginas de contactos, la violencia machista, la indefensión frente a la prepotencia y omnipotencia bancaria, el deprimido mercado laboral, el desplome del sector inmobiliario, la pornografía online, y hasta el papel del teatro a caballo entre la realidad y la ficción. Un repaso completo que acaba en aplauso diegético y esperanzador  para resultar más constructivo que destructivo. Mejor crear que demoler.

Hasta aquí el capricho ideológico de Hablar, del todo legítimo y espetado en forma coral de vidas cruzadas en el umbral del tan anhelado cambio, y que deberá ahora demostrar con hechos que la reivindicación y la espera estaban justificadas y valían la pena. Tiempo al tiempo. Y el desafío porque Joaquín Oristrell decide rodarlo todo sin cortes, en un plano secuencia de hora y media, que resulta tan arriesgado como virtuoso, y que le confiere un aire de filigrana al film que, hilando fino, puede verse como metáfora del propio mensaje crítico de la cinta. Todos dependen de todos. La sincronía y el entendimiento son básicos, y el equilibrio puede romperse al mínimo traspiés. Habrá quien la considere panfletaria, y no seré yo quien les contradiga. Tan al límite juegan.

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